Hace algún tiempo, luego del temblor y cuando pretendía retomar con mayor seriedad y dedicación mis estudios de derecho, me toco llevar un curso nominado: Derecho Privado Internacional…

EL curso no me llamaba la atención lo suficiente, como sí lo hacía en aquel semestre el curso de derecho laboral especial, o temas de teoría general del derecho…

No obstante ello, confieso ahora, con la ventaja que da el no deberle nada a nadie, y poder decir las cosas sin ambagues alguna… que asistía a clases, como algunos de mis compañeros, por el solo regusto de ver y oir al docente…

El nombre del maestro en cuestión es César, sus apellidos Delgado Barreto… tiene 80 años…y es un hombre de convicciones firmes y acciones consistentes…, considero que es un imperativo leer sus memorias, tan imperativo como debiera ser para él escribirlas… -no soy nadie para compelerlo, y es un hecho que él jamás leerá este blog, así me tomo esa licencia-

En suma, lo que quiero decir hoy y aquí, es un dicho que don César Delgado Barreto me dijo alguna vez…y que hoy me ha dado fuerzas terribles, como ya lo ha hecho en otras ocasiones:

“Estoy harto de quienes quieren cambiar el mundo en sus ratos libres!”…

Según recuerdo, él la atribuye la paternidad de la frase a un foráneo… pero yo se la atribuyo a él…

m.

-no diré aquí, perdonen la poquedad, pues sin duda esa frase encierra el sino maligno de la historia moderna nuestra… y de la contemporánea, también-

El día de hoy como es costumbre los miembros de Vanguardia universitaria nos reunimos. Al termino de nuestra reunión semanal, dimos una vuelta por el tontódromo y al no ver mayor alboroto, nos dispersamos a nuestra labores.

Yo me fui con un colaborador de nuestra revista PS, a almorzar a la cafeta de Artes.

El día de hoy estaban convocados los estudiantes a un Plantón, que tenia como objeto plantear el tema de básico. El termino “básico” alude a un plato de fondo, un pan y refresco o leche. Dicho “combo” alimenticia ha visto incrementar su precio. El básico es, sin duda, una especie en peligro de extinción.

Como es usual, vivimos de coyunturas y de llorar sobre la leche derramada. Es ahora, luego de más de 40 días que nuestros representantes estudiantiles (si esos que van de salida y ahora se ponen sus baterías akita para dar la lucha por nuestros derechos e intereses) se pronuncian. Enhorabuena!

En otros espacios se han ocupado del tema, mejor de lo que yo haré.

No obstante ello, quiero compartir algunos puntos de vista, que no son contemplados en el texto de los chicos de Acción Crítica, pues considero que son dos los principales itém que tratar, el primero que contiene en buena cuenta al que sigue, trata de diferenciar entre el sentido de una cafeta: es un restaurante o un comedor universitario.

Hacer esta distinción es clave, pues sobre la base de ella podremos determinar cuales son nuestra expectativas razonables. Si sucede que las autoridades estiman que el servicio que nos brindan las cafeterias se asemaja más al de un restaturante, pues se justifica la existencia de combos, snacks, extras, y demás artilugios que los Concesionarios se inventan para sacarnos más dinero; así como la existencia de sobreprecios en los productos.

Me explico: i) tenemos que si se esto es un restaurante, es lógico que primen los platos a la carta, que atienda mejor a quien consume platos más caros (los docentes, administrativos,etc.) y que se mire a los alumnos como “te estoy haciendo un favor”; ii) en ese orden de ideas, es claro que la existencia de platos que son más rentables para las cafetas terminara desplazando a los platos de menor costo, en este caso el básico; iii) lo desplazará con mayor facilidad cuando no existe, realmente, quien supervigile que se oferten los platos debidos; iv) esto es facil de ver, pues siempre hay extras y nunca básicos… igual suerte corren ahora los menúes.

Del otro lado, es claro que no tiene ningun sentido el permitir que nos cobren precios inflados por galletas, papitas, y etc., y etc. Ya es bastante molesto que las máquinas expendedores lo hagan, como para que las cafeterías repliquen dicho esquema (hablo por ejemplo de Sodexo, sabías que existe un día mundial anti Sodexo?-).

Si resulta que si es un comedor universitario, pues porqué diablos no tratan mejor a los estudiantes?, y porque los productos sustitutos del básico no se encuentran a un precio similar.

Sucede que los Concesionarios se han dado cuenta que en efecto, un estudiante, en promedio, parece estar dispuesto a ponerle un plus económico a su “básico” en el supuesto de que este se haya “terminado”. Las razones: mil!, la flojera de caminar, el tiempor que se pierde en buscar un “básico” extinto en otras cafetas, los deberes que no aguardan y los profesores “cierra-puerta” que no perdonan, etc.

Ello sumado, a un incentivo perverso: si pides un combo o un extra, o te lo llevan a tu asiento o te lo entregan en un estante que siempre esta más libre (ver cafeta de Letras)… con lo cual, la suerte esta hechada…

Bueno, debo cortar todo lo que pretendía poner por dos razones:

una, he tenido un super problema que me saco del texto y que me complica la vida, al menos hasta mañana y si es que encuentro a alguien de crimestopper.

dos, tengo prueba de Derecho de la Competencia, y aun no leo.

Perdonen por esto a medio camino.

Finalmente. debo decir que no estuve en el Plantón, pero un amigo me comento que hubo buena cantidad de gente!

Felicito la medida, pero nuevamente no creo que sea solución alguna.

Quizá y solo quizá este sea un tema de mercado, y talvez y solo talvez, nosotros, como estudiantes organizados… debemos de organizar una suerte de sabotaje: una campaña en la cual los alumnos NO COMPREN EN LAS CAFETAS!, hasta que estas nos traten bien, nos brinden buenos servicios y nos den precios justos.

Pues al margen de cualquier directiva que la PUCP les pueda dar oficialmente, seguiran los combos y demás, siempre más ricos, más rapidos, más eficientes y más caros que el básico…

Tengo mucho que decir sobre este tema, pero sera luego.

De momento: SABOTAJE ESTUDIANTIL a las CAFETAS!, pues SON LAS CAFETAS LAS QUE DEBEN TENER CLIENTES SATISFECHOS, SIN QUE NADIE SE LOS TENGA QUE IMPONER. Pero como tienen una suerte de participación mayoritaria en la comunidad PUCP…se la llevan facil!

con cargo a seguir,

m.

ps.- ni hablar del área de profesores, donde ya no dan jarras de refresco, sino vasos de 50 centimos más su 10% por unidad, y donde,casualmente, nunca hay básico y tampoco menú!…

A mí , las cosas más bellas del mundo me las enseñó una maestra.
el angulo agudo
Tenía 21 años (ella) y usaba calzoncillos por primera vez (yo) porque recién había cumplido los seis abriles (Un 12 de abril nací yo y hasta ahora no entiendo por qué las autoridades competentes –no es cachita- persisten  en no levantarme todavía el respectivo monumento) cuando la vida nos juntó –hacia el Año de Pera- en un colegio Para Niños Ciegos que existía por aquellas épocas donde hoy se encuentra el Ministerio de Guerra  (avenida Arequipa, tercera cuadra, detrás de ocho soldados con metralleta) en el que todavía se conserva una capilla de ladrillos rojos, donde mis compañeritos de clase oían misa en el más ajustado sentido de la palabra, porque todos absolutamente todos, eran ciegos, menos yo, que estaba matriculado de trafa debido a múltiples razones familiares, después que “El Niño de aquel año dejara a las familias de Piura sin un pañal que ponerse.

Entre dichas razones la principal consistía en que –a nivel familia- plata sólo tenía mi mamá  en las canas.  Mi colegio de cieguitos, aparte de gratuito era mixto.  De tal manera que la vida, desde los más tiernos años me unió en estrecho contacto aleccionador e inolvidable con el drama de la ceguera por una parte y con la sicología femenina, por la otra, ya que a los dos meses me puse de novio con Bubby (cinco años de pelo rubio, muertos ojos azules, voz cantarina y unas manos muy tibias que se aferraban a las mías por debajo de la carpeta) en un amor eterno que duro exactamente hasta julio cuando después de las vacaciones, apareció en mi horizonte la señorita Flores, incorporada al plantel para enseñarnos –junto con la historia del Perú- un alucinante par de rodillas que pese a mis cortos años y a mis pantalones cortísimos me hicieron intuir la existencia en el mundo de cosas mucho más trascendentales que el chocolate, los caramelos y el patinete.  Su primera pregunta, en la clase inicial, fue de tal ingenuidad que todavía hoy me inundo de ternura al recordarla.

-¿Todos son cieguitos en esta clase…?

-¡Sí señorita…! contestamos a coro, porque yo también la jugaba de invidente para conservar la chamba del colegio gratis (plus su taza de leche con chancay)  puesto que  -según acabo de señalarlo- mi familia estaba en plena temporada de vacas flacas y, por lo tanto, que una expectorada  escolar en tales circunstancias habría significado mi ingreso a corto plazo en el sindicato de la Construcción Civil o en el renglón de las canillitas, debido a que en el presupuesto familiar se había  suprimido (como ahora… digo como ahora hace muchos años) la Partida de Instrucción, con miras a equilibrar la balanza de pagos (agua, luz, casa, alumbrado, baja policía y siguen las firmas) por lo cual mi alternativa era muy clara:  O continuaba de cieguito hasta que mejorarse la situación  o me graduaba de burro con todos los honores incluyendo, el aluvión de cocachos que me habían prometido en casa si no  hacía mi papel de cieguito mejor que Lawrence Olivier.  Inútil decir que el mundo perdió un gran artista cuando yo me dediqué a la máquina de escribir, porque la  empalmé dos años seguidos estudiando gratis y tropezándome cada cinco minutos con el pecho de la señorita Flores cuyo turgente busto me llegaba junto a la altura de la nariz.  Olía a jazmín… Cómo era lógico y dado que en la clase todos éramos cieguitos, la señora Flores actuaba en lo personal e íntimo como quien se encontrara a solas en su cuarto.  Y, por lo tanto, se arreglaba las medias, se acomodaba la falda, se enllantaba el monillo (que le decían, sin  alusiones político-fronterizas) se agachaba, se estiraba, se recogía la blusa, se subía el fustán ( o fusté, como también se le llamaba por entonces) y cruzaba las piernas con una generosidad que, inclusive hoy,  aventajaría a las más escueta de las tangas.  Y todo ello sin preocuparse en lo absoluto por sus alumnos, pero ignorando que entre aquellos noventa ojos al garete había dos que no le perdían movimiento y que de show en show corrían el grave peligro de quedarse bizcos.  Si hemos de ser francos, Historia del Perú no aprendí mucho con ella, pero podría jurar hasta la fecha que nunca, jamás, hubo un cuerpo docente como el cuerpo de la señorita Flores.  Nadie se imagina todo lo que me enseñó esta maestra incomparable durante aquellos indescriptibles dos años de mi niñez.  Hará dos décadas,  con motivo de dirimir algunas diferencias políticas, tuve que comparecer amigablemente en el Ministerio de Guerra, donde antes se encontraba la añorada escuelita.  Mi alma se pobló de recuerdos y mi corazón de nostalgia, ante esos ladrillos rojos de la capilla cincuentenaria.  El oficial que me conducía (por las buenas, aclaro) ajeno a mi infancia y a las rodillas de la señorita Flores, me informó en un debut de cicerone

-Esto, antes, estaba lleno de ciegos…

Texto de Sofocleto, que sirve para este día gris.

más de don Sofo en: www.sofocleto.com

aunque la página lleva ya buen tiempo sin actualizar!