Don Sofo y la escuela de ciegos -ajeno-

A mí , las cosas más bellas del mundo me las enseñó una maestra.
el angulo agudo
Tenía 21 años (ella) y usaba calzoncillos por primera vez (yo) porque recién había cumplido los seis abriles (Un 12 de abril nací yo y hasta ahora no entiendo por qué las autoridades competentes –no es cachita- persisten  en no levantarme todavía el respectivo monumento) cuando la vida nos juntó –hacia el Año de Pera- en un colegio Para Niños Ciegos que existía por aquellas épocas donde hoy se encuentra el Ministerio de Guerra  (avenida Arequipa, tercera cuadra, detrás de ocho soldados con metralleta) en el que todavía se conserva una capilla de ladrillos rojos, donde mis compañeritos de clase oían misa en el más ajustado sentido de la palabra, porque todos absolutamente todos, eran ciegos, menos yo, que estaba matriculado de trafa debido a múltiples razones familiares, después que “El Niño de aquel año dejara a las familias de Piura sin un pañal que ponerse.

Entre dichas razones la principal consistía en que –a nivel familia- plata sólo tenía mi mamá  en las canas.  Mi colegio de cieguitos, aparte de gratuito era mixto.  De tal manera que la vida, desde los más tiernos años me unió en estrecho contacto aleccionador e inolvidable con el drama de la ceguera por una parte y con la sicología femenina, por la otra, ya que a los dos meses me puse de novio con Bubby (cinco años de pelo rubio, muertos ojos azules, voz cantarina y unas manos muy tibias que se aferraban a las mías por debajo de la carpeta) en un amor eterno que duro exactamente hasta julio cuando después de las vacaciones, apareció en mi horizonte la señorita Flores, incorporada al plantel para enseñarnos –junto con la historia del Perú- un alucinante par de rodillas que pese a mis cortos años y a mis pantalones cortísimos me hicieron intuir la existencia en el mundo de cosas mucho más trascendentales que el chocolate, los caramelos y el patinete.  Su primera pregunta, en la clase inicial, fue de tal ingenuidad que todavía hoy me inundo de ternura al recordarla.

-¿Todos son cieguitos en esta clase…?

-¡Sí señorita…! contestamos a coro, porque yo también la jugaba de invidente para conservar la chamba del colegio gratis (plus su taza de leche con chancay)  puesto que  -según acabo de señalarlo- mi familia estaba en plena temporada de vacas flacas y, por lo tanto, que una expectorada  escolar en tales circunstancias habría significado mi ingreso a corto plazo en el sindicato de la Construcción Civil o en el renglón de las canillitas, debido a que en el presupuesto familiar se había  suprimido (como ahora… digo como ahora hace muchos años) la Partida de Instrucción, con miras a equilibrar la balanza de pagos (agua, luz, casa, alumbrado, baja policía y siguen las firmas) por lo cual mi alternativa era muy clara:  O continuaba de cieguito hasta que mejorarse la situación  o me graduaba de burro con todos los honores incluyendo, el aluvión de cocachos que me habían prometido en casa si no  hacía mi papel de cieguito mejor que Lawrence Olivier.  Inútil decir que el mundo perdió un gran artista cuando yo me dediqué a la máquina de escribir, porque la  empalmé dos años seguidos estudiando gratis y tropezándome cada cinco minutos con el pecho de la señorita Flores cuyo turgente busto me llegaba junto a la altura de la nariz.  Olía a jazmín… Cómo era lógico y dado que en la clase todos éramos cieguitos, la señora Flores actuaba en lo personal e íntimo como quien se encontrara a solas en su cuarto.  Y, por lo tanto, se arreglaba las medias, se acomodaba la falda, se enllantaba el monillo (que le decían, sin  alusiones político-fronterizas) se agachaba, se estiraba, se recogía la blusa, se subía el fustán ( o fusté, como también se le llamaba por entonces) y cruzaba las piernas con una generosidad que, inclusive hoy,  aventajaría a las más escueta de las tangas.  Y todo ello sin preocuparse en lo absoluto por sus alumnos, pero ignorando que entre aquellos noventa ojos al garete había dos que no le perdían movimiento y que de show en show corrían el grave peligro de quedarse bizcos.  Si hemos de ser francos, Historia del Perú no aprendí mucho con ella, pero podría jurar hasta la fecha que nunca, jamás, hubo un cuerpo docente como el cuerpo de la señorita Flores.  Nadie se imagina todo lo que me enseñó esta maestra incomparable durante aquellos indescriptibles dos años de mi niñez.  Hará dos décadas,  con motivo de dirimir algunas diferencias políticas, tuve que comparecer amigablemente en el Ministerio de Guerra, donde antes se encontraba la añorada escuelita.  Mi alma se pobló de recuerdos y mi corazón de nostalgia, ante esos ladrillos rojos de la capilla cincuentenaria.  El oficial que me conducía (por las buenas, aclaro) ajeno a mi infancia y a las rodillas de la señorita Flores, me informó en un debut de cicerone

-Esto, antes, estaba lleno de ciegos…

Texto de Sofocleto, que sirve para este día gris.

más de don Sofo en: http://www.sofocleto.com

aunque la página lleva ya buen tiempo sin actualizar!

7 comentarios en “Don Sofo y la escuela de ciegos -ajeno-

  1. No hay manjar mas delicioso, que una sonrisa para el alma, y si de sonrisas hablamos, no nos queda mas que sonreir in admiracion por la hemorragia anecdotica de un priviligiado, peruano el, humano el, llamado SOFOCLETO.
    Gracias mil, por alegrarme el alma, Don Sofo.

    Hector C.

  2. soy una de las tantas de las miles de personas que disfrutamos del ingenio de sofocleto y siempre vuelvo a releer tus libros gracias por haberme alegrado el espiritu

  3. gracias don sofo por esas risas incontenibles en el ENATRU saliendo de la Universidad, con su periodico que hasta el vecino de turno en el asiento se contagiaba de mis carcajadas… gracias Don Sofo.

  4. NUNCA MORIRA UNA MENTE BRILLANTE, LA ALEGRIA QUE PROPORCIONAN SU LETRAS, NO SERA TRISTESA MIENTRAS VIVA ALGUIEN QIUEN LEYO SUS OBRAS .SIEMPRE HABRA ALGUIEN LEYENDO SU MENSAJE . SE APAGARAN LAS RISAS CUANDO TERMINE LA HUMANIDAD

  5. Para mi uno de los mejores escritores del mundo, lastimosamente los pocos libros que tuve, se perdieron con el paso de los anos, ahora he buscado y no hay muchas opciones de conseguir sus libros, yo soy Ecuatoriano y quiero felicitar a los hermanos Peruanos porque su pais ha sido cuna del mejor escritor Latinoamericano.

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