Ronald Dworkin: Una victoria de McCain sería desastrosa para la Constitución republicana de los EEUU

Leo la última entrega de Sin Permiso, minutos antes de salir rumbo al concierto de Calamaro.

Anoto dos textos básicos (citando a Diego Sponza): el de Ronald Dworkin que paso a postear a continuación y el de Roubini (click aquí)

Una victoria de McCain sería desastrosa para la Constitución republicana de los EEUU

Tomado de: http://www.letraslibres.com/index.php?art=13274

Una victoria de John McCain sería desastrosa para nuestra Constitución. Los conservadores han trabajado durante décadas para hacerse con la mayoría del Tribunal Supremo y ponerla al servicio de su ortodoxia económica, religiosa y cultural. Aunque los presidentes republicanos han nominado a siete de los nueve magistrados hoy en funciones, sólo cuatro de ellos –John Roberts, Antonin Scalia, Clarence Thomas y Samuel Alito- pueden considerarse conservadores recalcitrantes. Hay otros cuatro –John Paul Stevens y David Souter, también propuestos por los republicanos, y Ruth Bader Guinsburg y Stephen Breyer, nominados por los demócratas- que se han pronunciado reiteradamente a favor de interpretaciones progresistas de la Constitución. El noveno magistrado –Anthony Kennedy- ejerce un crucial voto “bisagra” que ha decidido casos de importancia capital, a veces a favor de los conservadores, a veces a favor de los progresistas.

En las últimas décadas, otra magistrada, Sandra Day O’Connor, desempeñaba este papel de juez bisagra (O’Connor presentó su renuncia en 2005 y Bush la reemplazó por Alito). El futuro de nuestro régimen constitucional sería muy diferente si los ideólogos conservadores que McCain ha prometido nominar fueran del tipo de O’Connor y Kennedy. Estos últimos se unieron al sector progresista, por ejemplo, para evitar que se revirtiera el precedente establecido en Roe v. Wade y se acabara con la protección constitucional del derecho de aborto; para rechazar la pena de muerte para niños menores de 18 años o para proteger a los homosexuales contra leyes que pretendían convertir sus relaciones sexuales en un delito. O’Connor se sumó al sector liberal y aseguró una mayoría de 5 a 4 favorable a programas de admisión a escuelas profesionales estatales que tenían en cuenta el elemento racial. Esta decisión fue de importancia vital, ya que de haberse producido en sentido contrario, habría comportado la liquidación de una herramienta probadamente indispensable para reducir los desequilibrios raciales en el ámbito profesional.

Cuando O’Connor dimitió, el voto de Kennedy se tornó todavía más decisivo. Éste se plegó a los conservadores en algunas peligrosas decisiones de 5 contra 4: dando el visto bueno a una ley que prohibía los llamados abortos de “nacimientos parciales”1; cuestionando programas diferenciales no-discriminatorios que tenían como fin reducir el aislamiento racial en las escuelas públicas; o declarando que la II Enmienda otorgaba a los particulares un derecho constitucional a portar armas de fuego. Con todo, la posición mayoritaria en estos casos fue más bien prudente, ya que los conservadores necesitaban el voto de Kennedy y tuvieron que matizar sus argumentos para asegurarlo. En otros fallos recientes, Kennedy votó con los liberales para restringir el alcance de la pena capital o –en lo que probablemente fue su pronunciamiento más importante- para denegar la pretensión de Bush de que cualquier extranjero declarado enemigo ilegal de Estados Unidos pudiera ser detenido indefinidamente sin control jurisdiccional alguno.

De ganar McCain, el voto de Kennedy se tornaría irrelevante y su influencia se desvanecería. Desde su primera nominación, en efecto, McCain intentaría crear una granítica y avasalladora mayoría conservadora para una o más generaciones (Stevens tiene 88 años, Souter 69 y Ginsburg, Kennedy y Breyer están en sus 70). No es posible anticipar todas las cuestiones constitucionales relevantes que se suscitarían en ese período. Pero sería más que probable que una sólida mayoría ultra-conservadora acabara por barrer toda protección constitucional al aborto -que es lo que Scalia y Thomas han intentado repetidamente-; por otorgar un papel sensiblemente mayor a la religión en las escuelas y actos públicos; por poner fin a cualquier forma de afirmación positiva en el empleo o la educación; por recortar las garantías de los procesados y por ampliar, una vez más, el alcance de la pena capital.

Y lo más atemorizador de todo: daría cobijo a las extravagantes exigencias de mayor poder presidencial realizadas durante la Administración Bush; la llamada doctrina del ejecutivo unitario a la que se refiere Garry Wills y que supone otorgar al presidente poderes dictatoriales en todas las funciones ejecutivas, incluidos el poder de realizar la guerra, de espiar a los ciudadanos y de detener y torturar prisioneros, ignorando cualquier control del Congreso.

En este contexto, Obama es una promesa tan grande como la amenaza que representa McCain. Su raza y sus orígenes permitirían contrarrestar las acusaciones de arrogancia racial dirigidas contra los Estados Unidos y que han contribuido a reclutar a muchos terroristas airados. La llamativa y casi unánime atracción que despierta en el extranjero –una atracción que los aislados republicanos desprecian- contribuiría a redimir de inmediato nuestra denigrada reputación internacional. Obama posee una inteligencia llamativa y profunda. Tiene el don de combinar en sus escritos y discursos la claridad con una honda sensibilidad. Y utiliza estas cualidades para exponer y explicar la complejidad de las cosas antes que para enterrarla bajo eslóganes. Se dice que carece de experiencia. Sin embargo, sólo él, entre los políticos más prominentes, posee la experiencia que de verdad cuenta en un mundo denso y amenazantemente interdependiente: la experiencia crucial de la empatía. Él ha sido pobre y ha vivido, fuera y dentro del país, en mundos que pocos políticos nacionales pueden llegar a imaginar.

Hoy necesitamos de manera imperiosa –al menos la mayoría de nosotros- un renacimiento del orden y del derecho internacionales. La Administración Bush ha estado a punto de destruirlos. Ha dilapidado nuestro capital moral tanto como el financiero. Los Estados Unidos no pueden afrontar de manera efectiva la creciente amenaza terrorista o el igualmente amenazante terror de la degradación climática, a menos que el mundo alumbre instituciones y concepciones del derecho internacional con poder y autoridad genuinos. Es un objetivo extremadamente difícil, pero no imposible. Después de todo, otras grandes potencias están tan interesadas como nosotros en que la legalidad regrese al ámbito internacional.

Este proyecto no puede ponerse en marcha, empero, sin un cambio radical en los esquemas mentales de los norteamericanos. Deberían entender que no son los legisladores del mundo sino un miembro más que, como todos, debe asumir compromisos y riesgos. De lo contrario, nos veremos relegados a la última fila de la historia. Como quedó claro con el primer debate, McCain encarna la ilusión nacional de un poder autosuficiente que puede ir por libre. Lo que necesitamos es un presidente con la inteligencia, claridad y pasión suficientes para disipar esa ilusión. Aunque los republicanos se mofen de él, la elocuencia de Obama es una de sus cualidades más importantes, ya que es capaz de proporcionar la motivación necesaria para el cambio de mentalidad que las democracias necesitan precisamente en épocas de crisis. Eso fue, después de todo, lo que Lincoln nos dio en Cooper Union y en Gettysburg y lo que nos dio Roosevelt poniendo fin a la parálisis económica y al aislacionismo.

Todas estas razones amplifican aún más lo que está en juego en esta elección. Nuestra economía bordea la catástrofe y continúa empeorando; el desempleo y las ejecuciones hipotecarias están creciendo; nuestra política exterior y militar es desastrosa; el presidente republicano es ridiculizado y despreciado; el candidato republicano lanza golpes bajos y miente. Hasta un candidato demócrata mediocre debería ganar con facilidad. Si uno tan competente como Obama pierde, sólo puede ser por una razón. En noviembre, los norteamericanos podemos hacer algo grandioso. O podemos hacer algo terrible y vivir con la culpa de nuestro estúpido y autodestructivo prejuicio racial durante otra generación más.

Nota: Aprecido originalmente en The New York Review of Books, 15 octubre 2008. 
Traducción de Gerardo Pisarello

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