Alfonsín, el intelectual y la política

Algunas veces nos toca fungir de meros divulgadores, hay que bancarsela, sin chistar, ni poner mala cara.

Aparece en el Seminario Gargarella, este texto descollante, escrito a modo de homenaje a la memoria y ejemplo del Presidente Raúl Alfonsín. Sin duda, ese es el espejo en el que debemos mirarnos, sin temor, sin ambages, quienes aspiramos servir al país.

El texto pertenece a Juan Carlos Torre, quien como dice Roberto Gargarella en su post (de donde he tomado el presente texto): es “autor de importantes trabajos sobre peronismo y sindicalismo, y -permítaseme- una de las voces más lúcidas y autorizadas en la historia de la sociología argentina . El texto, reflejo de su propia experiencia, refiere a la relación que supiera tejer Alfonsín con parte de la intelectualidad local. Ahí va”

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Formo parte de un sector de intelectuales que, a fines de los años setenta, inició un re-examen de sus creencias políticas, teniendo como telón de fondo el final trágico y devastador de la utopía revolucionaria. A través de ese re-examen comenzamos a valorizar la idea de la democracia, hasta entonces ausente de nuestro horizonte ideal. Considerada a la distancia, la reconversión de nuestras creencias políticas fue sin duda acelerada por el mensaje con que Alfonsín libró la contienda electoral de 1983: la defensa del Estado de Derecho y el respecto de los derechos humanos como los pilares de un patrimonio común a partir del cual cada uno de los argentinos podía perseguir sus intereses y realizar sus planes de vida. El mensaje no era novedoso desde un punto de vista conceptual ya que se nutría de los principios de la tradición liberal-democrática del mundo; sí, en cambio, era novedoso en términos políticos porque venía a proponer una ruptura con los usos y costumbres de la política argentina, durante largo tiempo dominada por el espíritu faccioso, el imperio de la fuerza, y en el límite, por el desprecio de la vida misma. Muchos fuimos los que, en pleno proceso autocrítico, vibramos al escuchar ese mensaje con un fervor cívico que no conocíamos, habiendo pasado nuestra experiencia pública en la periferia del sistema político, en pequeñas agrupaciones de la izquierda, y votamos por Alfonsín. Algunos dimos un paso más y nos incorporamos a su gobierno, respondiendo a su generosa convocatoria. Porque el político que llamaba a la construcción de una convivencia democrática era también un político que tenía una profunda simpatía con el mundo de las ideas. Este es el aspecto que me interesa subrayar en homenaje a su memoria. Los políticos profesionales de Argentina son, por regla general, escasamente inclinados al intercambio intelectual. Formados en la dura disciplina de la competencia política, su tiempo vital está monopolizado por el objetivo de ganar votos y conquistar posiciones, una ciencia que confían conocer y que se aprende en el contacto cara a cara o en los salones donde tejen sus acuerdos. Ciertamente, llegado el momento, suelen abrir las puertas del saber político también a la opinión de los encuestadores, y si alcanzan responsabilidades de gestión se rodean de expertos sobre los que descargan las tareas instrumentales. Visto desde este perfil de los hombres de partido, Alfonsín era un caso aparte porque estaba animado por una genuina curiosidad intelectual. Para quienes veníamos del mundo de las ideas encontrarnos con un político predispuesto a discurrir sobre las razones de la decisión política y a buscar su justificación en un proyecto ideal fue una experiencia excepcional y a la vez enriquecedora. En primer lugar, porque descansó sobre un respeto mutuo que no siempre nos deparaba el contacto con los hombres de partido. En segundo lugar, porque la franqueza con que encaraba el diálogo contribuyó a que comprendiéramos mejor los dilemas de gobierno en las difíciles circunstancias de la transición democrática. Al cabo de esa experiencia, tanto nosotros como Alfonsín salimos renovados. Nosotros, porque de allí en más a la hora de hacer un juicio político ya no lo hicimos desde las seguridades de la torre de marfil intelectual. Alfonsín porque, de vuelta al llano, y en paralelo a su pasión por la acción política se embarcó con entusiasmo en la lectura de la teoría política, tomó apuntes, escribió libros en los que volcó, ahora sobre papel, su compromiso de siempre con una mejor y más justa democracia.

 

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