ME CAÍ DEL MUNDO Y NO SÉ POR DÓNDE SE ENTRA/ Galeano

Aunque no estoy tan viejo (tengo 24 años), hemos pasado mucho.
Recuerdo que cuando chico, 1 litro de Coca Cola bastaba para toda la familia. Y claro, gaseosa cada fin de mes.

Desde siempre fui cachivachero, quizá pensando que todo sirve para algo en algún momento, incluso cuando nosotros no lo podamos ver. Quizá por una equivocada perspectiva de lo que es la historia.

La basura, como dice líneas abajo Galeano, se recogía 1 vez a la semana en Sta. Rosa City (a donde había que caminar mucho para llegar: del mercado hacia abajo, pues las líneas de buses tenían arriba su último paradero). Cuando me toco pasar un temporada en Canto Grande, la basura se recogía con mayor frecuencia, pero no por que los servicios municipales fueran óptimos, sino porque habían quienes se ganaban la vida paseando en carretilla a la caza de basura (más que para reciclar, concepto harto moderno, para alimentar a sus animales, etc.). Entonces, pasaban a diario, como pasa ahora el camión de la basura por casa.

Las ropas se heredaban, los zapatos se compraban unas tallas más grandes, “para que te duren”.

Mi madre siempre me inculcó el ahorro. Y vaya que yo ahorraba. El problema es que nunca supe bien para que ahorraba, tal como me pasa ahora.

En casa, las cosas eran eternas, las servilletas bordadas, y aun hoy, los cubiertos de plástico acompañan a los de metal, las bolsas de metro han reemplazado a las de leche Gloria (de tela para el pan), pero las usamos lo más que su reciente ser boidegradable permite.

La refri de mi casa es INRESA, de cuando mis padres se casaron hace 25 años. La therma Matusita, corre la misma data y suerte. Ambas funcionan, del mismo modo en que la unión de mis viejos lo hace.

En los veranos que pasaba en Trujillo (Paiján, Mocan, Casa Grande), recuerdo la plácida felicidad de la niñez y también que no habían plásticos y que el caucho de las llantas inservibles se quemaba para obtener alambres que servían a su vez para fabricar jaulas, unir cosas, etc.

Sin ir tan lejos, mi hermana, la menor (cumplió 14 el 16 de los corrientes), usó pañales de tela y también los desechables. Y yo ayer he habilitado nuevamente el número de mi celular de toda la vida, y es bueno decir que la única vez que cambie de equipo fue cuando Telefónica me obligó. Ahora he heredado -temporalmente- el equipo de mi hermana (la de los pañales de tela).

No me ha salido buena esta reflexión, pero no importa, escribo para los amigos.

Creo que dentro de todo, ser parte aquel tiempo ha sido bueno. Tengo una idea firme y entusiasta de lo que es construir y comprometerse: con los sueños, con la familia, con los amigos, con el amor, con la carrera, con la profesión.

La facilidad con la que hoy todo se desecha o con suerte se cambia, ha relajado desde los compromisos políticos, institucionales, hasta la familia, las relaciones amicales, la vida de barrio.

El texto que sigue, ha llegado a mí gracias a mi gran amigo Alberto Vásquez, lleva por autor a don Eduardo Galeano (quien pronto nos sorprende con otro texto para una revista en la que estamos participando con una colega venezolana)… y ya no molesto más.

Vengo de un tiempo en el que todo era para toda la vida. Vivo pensando en las cosas que nunca se alejan y creyendo que todo va a salir bien y que hay que estar bien asido a todo aquello en lo que uno cree y con lo que uno sueña… construyendo un sueño bonito que todos podamos vivir. Por allí van los tiros, perdonen la cursilería. No claudiquemos.

La banda sonora la montás vos, pero si no puedes, bueno es Cara B de Jorge Drexler.


ME CAÍ DEL MUNDO Y NO SÉ POR DÓNDE SE ENTRA.

Lo que me pasa es que no consigo andar por el mundo tirando cosas y cambiándolas por el modelo siguiente sólo porque a alguien se le ocurre agregarle una función o achicarlo un poco..

No hace tanto, con mi mujer, lavábamos los pañales de los críos, los colgábamos en la cuerda junto a otra ropita, los planchábamos, los doblábamos y los preparábamos para que los volvieran a ensuciar.

Y ellos, nuestros nenes, apenas crecieron y tuvieron sus propios hijos se encargaron de tirar todo por la borda, incluyendo los pañales.

¡Se entregaron inescrupulosamente a los desechables! Si, ya lo sé. A nuestra generación siempre le costó botar. ¡Ni los desechos nos resultaron muy desechables! Y así anduvimos por las calles guardando los mocos en el pañuelo de tela del bolsillo.

¡¡¡Nooo!!! Yo no digo que eso era mejor. Lo que digo es que en algún momento me distraje, me caí del mundo y ahora no sé por dónde se entra. Lo más probable es que lo de ahora esté bien, eso no lo discuto. Lo que pasa es que no consigo cambiar el equipo de música una vez por año, el celular cada tres meses o el monitor de la computadora todas las navidades.

¡Guardo los vasos desechables!

¡Lavo los guantes de látex que eran para usar una sola vez!

¡Los cubiertos de plástico conviven con los de acero inoxidable en el cajón de los cubiertos!

Es que vengo de un tiempo en el que las cosas se compraban para toda la vida!

¡Es más!
¡Se compraban para la vida de los que venían después!
La gente heredaba relojes de pared, juegos de copas, vajillas y hasta palanganas de loza.
Y resulta que en nuestro no tan largo matrimonio, hemos tenido más cocinas que las que había en todo el barrio en mi infancia y hemos cambiado de refrigerador tres veces.

¡¡Nos están fastidiando! ! ¡¡Yo los descubrí!! ¡¡Lo hacen adrede!! Todo se rompe, se gasta, se oxida, se quiebra o se consume al poco tiempo para que tengamos que cambiarlo. Nada se repara. Lo obsoleto es de fábrica.

¿Dónde están los zapateros arreglando las media-suelas de los tenis Nike?
¿Alguien ha visto a algún colchonero escardando colchones casa por casa?
¿Quién arregla los cuchillos eléctricos? ¿El afilador o el electricista?
¿Habrá teflón para los hojalateros o asientos de aviones para los talabarteros?
Todo se tira, todo se desecha y, mientras tanto, producimos más y más y más basura.

El otro día leí que se produjo más basura en los últimos 40 años que en toda la historia de la humanidad.
El que tenga menos de 30 años no va a creer esto: ¡¡Cuando yo era niño por mi casa no pasaba el que recogía la basura!!

¡¡Lo juro!! ¡Y tengo menos de… años!

Todos los desechos eran orgánicos e iban a parar al gallinero, a los patos o a los conejos (y no estoy hablando del siglo XVII)

No existía el plástico ni el nylon. La goma sólo la veíamos en las ruedas de los autos y las que no estaban rodando las quemábamos en la Fiesta de San Juan.

Los pocos desechos que no se comían los animales, servían de abono o se quemaban. De ‘por ahí’ vengo yo. Y no es que haya sido mejor.. Es que no es fácil para un pobre tipo al que lo educaron con el ‘guarde y guarde que alguna vez puede servir para algo’, pasarse al ‘compre y bote que ya se viene el modelo nuevo’.Hay que cambiar el auto cada 3 años como máximo, porque si no, eres un arruinado. Así el coche que tenés esté en buen estado . Y hay que vivir endeudado eternamente para pagar el nuevo!!!! Pero por Dios.

Mi cabeza no resiste tanto.

Ahora mis parientes y los hijos de mis amigos no sólo cambian de celular una vez por semana, sino que, además, cambian el número, la dirección electrónica y hasta la dirección real.

Y a mí me prepararon para vivir con el mismo número, la misma mujer, la misma casa y el mismo nombre (y vaya si era un nombre como para cambiarlo) Me educaron para guardar todo. ¡¡¡Toooodo!!! Lo que servía y lo que no. Porque algún día las cosas podían volver a servir. Le dábamos crédito a todo.

Si, ya lo sé, tuvimos un gran problema: nunca nos explicaron qué cosas nos podían servir y qué cosas no. Y en el afán de guardar (porque éramos de hacer caso) guardamos hasta el ombligo de nuestro primer hijo, el diente del segundo, las carpetas del jardín de infantes y no sé cómo no guardamos la primera caquita. ¿Cómo quieren que entienda a esa gente que se desprende de su celular a los pocos meses de comprarlo?

¿Será que cuando las cosas se consiguen fácilmente, no se valoran y se vuelven desechables con la misma facilidad con la que se consiguieron?

En casa teníamos un mueble con cuatro cajones. El primer cajón era para los manteles y los repasadores, el segundo para los cubiertos y el tercero y el cuarto para todo lo que no fuera mantel ni cubierto. Y guardábamos.. . ¡¡Cómo guardábamos!! ¡¡Tooooodo lo guardábamos!! ¡¡Guardábamos las tapas de los refrescos!! ¡¿Cómo para qué?! Hacíamos limpia-calzados para poner delante de la puerta para quitarnos el barro. Dobladas y enganchadas a una piola se convertían en cortinas para los bares. Al terminar las clases le sacábamos el corcho, las martillábamos y las clavábamos en una tablita para hacer los instrumentos para la fiesta de fin de año de la escuela. ¡Tooodo guardábamos!

Cuando el mundo se exprimía el cerebro para inventar encendedores que se tiraban al terminar su ciclo, inventábamos la recarga de los encendedores descartables. Y las Gillette -hasta partidas a la mitad- se convertían en sacapuntas por todo el ciclo escolar. Y nuestros cajones guardaban las llavecitas de las latas de sardinas o del corned-beef, por las dudas que alguna lata viniera sin su llave. ¡Y las pilas! Las pilas de las primeras Spica pasaban del congelador al techo de la casa. Porque no sabíamos bien si había que darles calor o frío para que vivieran un poco más. No nos resignábamos a que se terminara su vida útil, no podíamos creer que algo viviera menos que un jazmín.

Las cosas no eran desechables. Eran guardables. ¡¡¡Los diarios!!! Servían para todo: para hacer plantillas para las botas de goma, para pone r en el piso los días de lluvia y por sobre todas las cosas para envolver. ¡¡¡Las veces que nos enterábamos de algún resultado leyendo el diario pegado al trozo de carne!!!

Y guardábamos el papel plateado de los chocolates y de los cigarros para hacer guías de pinitos de navidad y las páginas del almanaque para hacer cuadros y los goteros de las medicinas por si algún medicamento no traía el cuentagotas y los fósforos usados porque podíamos prender una hornalla de la Volcán desde la otra que estaba prendida y las cajas de zapatos que se convirtieron en los primeros álbumes de fotos y los mazos de naipes se reutilizaban aunque faltara alguna, con la inscripción a mano en una sota de espada que decía ‘éste es un 4 de bastos’.

Los cajones guardaban pedazos izquierdos de pinzas de ropa y el ganchito de metal. Al tiempo albergaban sólo pedazos derechos que esperaban a su otra mitad para convertirse otra vez en una pinza completa.

Yo sé lo que nos pasaba: nos costaba mucho declarar la muerte de nuestros objetos. Así como hoy las nuevas generaciones deciden ‘matarlos’ apenas aparentan dejar de servir, aquellos tiempos eran de no declarar muerto a nada: ¡¡¡ni a Walt Disney!!!

Y cuando nos vendieron helados en copitas cuya tapa se convertía en base y nos dijeron: ‘Cómase el helado y después tire la copita’, nosotros dijimos que sí, pero, ¡¡¡minga que la íbamos a tirar!!! Las pusimos a vivir en el estante de los vasos y de las copas. Las latas de arvejas y de duraznos se volvieron macetas y hasta teléfonos. Las primeras botellas de plástico se transformaron en adornos de dudosa belleza. Las hueveras se convirtieron en depósitos de acuarelas, las tapas de botellones en ceniceros, las primeras latas de cerveza en portalápices y los corchos esperaron encontrarse con una botella.

Y me muerdo para no hacer un paralelo entre los valores que se desechan y los que preservábamos. ¡¡¡Ah!!! ¡¡¡No lo voy a hacer!!! Me muero por decir que hoy no sólo los electrodomésticos son desechables; que también el matrimonio y hasta la amistad son descartables.

Pero no cometeré la imprudencia de comparar objetos con personas. Me muerdo para no hablar de la identidad que se va perdiendo, de la memoria colectiva que se va tirando, del pasado efímero. No lo voy a hacer. No voy a mezclar los temas, no voy a decir que a lo perenne lo han vuelto caduco y a lo caduco lo hicieron perenne. No voy a decir que a los ancianos se les declara la muerte apenas empiezan a fallar en sus funciones, que los cónyuges se cambian por modelos más nuevos, que a las personas que les falta alguna función se les discrimina o que valoran más a los lindos, con brillo,pegatina en el cabello y glamour.

Esto sólo es una crónica que habla de pañales y de celulares. De lo contrario, si mezcláramos las cosas, tendría que plantearme seriamente entregar a la ‘bruja’ como parte de pago de una señora con menos kilómetros y alguna función nueva. Pero yo soy lento para transitar este mundo de la reposición y corro el riesgo de que la ‘bruja’ me gane de mano y sea yo el entregado.

Eduardo Galeano

3 comentarios en “ME CAÍ DEL MUNDO Y NO SÉ POR DÓNDE SE ENTRA/ Galeano

  1. Desde hace unos meses circula por Internet la crónica “Desechando lo desechable” y lo hace con el título “Me caí del mundo y no se como se entra” “Porque todavía no me compré un DVD”, “Para los de más de 40”, “Ahora todo se tira”, etc,etc con la firma del reconocido escritor compatriota Eduardo Galeano.

    Nuestro buscador ha determinado que también ustedes incurrieron en el mismo error al adjudicarle a Galeano un texto que no es de él.

    La versión original (sin las modificaciones que sufrió en los últimos meses) corresponde al escritor uruguayo Marciano Durán y se encuentra en la página http://marcianoduran.com.uy a disposición vuestra (junto a un par de centenares de crónicas más) sin más requisito para utilizarlas que no modificar su contenido.

    En http://www.marcianoduran.com.uy/?p=176 (Desechando lo desechable) se puede leer la versión original

    En http://www.marcianoduran.com.uy/?p=278 (Otra aclaración sobre Galeano) se ofrecen algunas explicaciones respecto a esta confusión.

    En http://www.marcianoduran.com.uy/?p=335 (Galeano: “Mi trabajo más felicitado, más laureado, que circula por Internet no me pertenece”) incluye manifestaciones de Galeano explicando la situación.

    En defensa de Galeano primero y del texto después agradecemos las correcciones que puedan efectuar.

    Saluda atte

    Dpto de Prensa de “Crónicas marcianas y uruguayas”

    http://marcianoduran.com.uy

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