castigar, pulir, castigar, pulir

De todo el elenco posible de respuestas estatales dignas de ser asumidas por una sociedad democrática, de modo justo y eficiente, la respuesta penal es la peor de ellas (Cfr. Gargarella: 2008, 259 y ss).

Hoy, encontre en las calles del centro de la ciudad a un ex recluso del penal de Lurigancho. Lo conocí cuando visitamos con los alumnos del curso Clínica Jurídica de Acciones de Interés Público de la PUCP (la primera vez que se dictaba ese curso) dicho establecimiento penitenciario. Le recuerdo pues, pese a las indicaciones que Pepe Ávila (Jefe del Programa de Asuntos Penales y Penitenciarios de la Defensoría del Pueblo), él insistía en acercarse al grupo y servir de una suerte de guía en la frágil expedición.


El doctor Ávila, arequipeño como el titular de la cátedra a quien yo suplía (habían participado juntos del Centro Federado de Derecho allá por la época de antes de la rueda, en la Universidad Católica de Santa María), conocía el lugar y no tenía problemas de pasearse por Lurigancho con su terno bien cortado, su camisa de gemelos, su maletín de cuero hecho a mano y sus zapatos hechos a medida (un año luego, Pepe y yo, compartiríamos premio, en razón, él, eso, y yo, a quién sabe).

Como Pepe, los alumnos de la clase, un grupo no mayor a 15 persona (ignoro si se nos quedo alguien adentro), venían también enternados y en camisa los varones y con sastre algunas de las mujeres. El curso Clínica Jurídica al ser electivo, es llevado por alumnos de ciclos superiores, quienes en su mayoría practican en importantes estudios jurídicos de la ciudad, ubicados, principalmente, en el centro empresarial de Lima.

La clase, como grupo de scouts con saco y corbata, con falda y sastre, contrastaba hasta la pena -y confieso, la verguenza- con la pobredumbre de la cárcel.

En esas condiciones le conocí, tenía el rostro de quien había sido bello en otro tiempo, y las cicatricez de quien no la ha pasado bien. Sus manos y sus brazos, llevaban nombres, signos y mensajes cifrados, sus dientes, los que permanecían, avisan que se iban en cualquier momento. Como él, todo mundo. Como él, mucho peor los demás.

Lamentablemente, no fue nuestro guía, aunque no lo intentaba con entusiasmo: a cada pabellón, aparecía de Dios sabrá dónde, y se alejaba según el Taita con el que nos encontrabamos, o las indicaciones de Pepe.

En un descuido, logró acercarse lo suficiente al grupo como para hablarnos sin ser escuchado por Pepe o por alguno de los Taitas que ponían orden a los pabellones (en Lurigancho la única razón por la que las cosas funcionan es por los presos que regentan los pabellones: los Taitas. Según la administración, se pueden encontrar desde fotocopiadoras, hasta pornografía, pasando por pantallas LCD y otros). Entonces, con naturalidad y gracia, nos pidió “un poco, algo, de dinero”.

“Esta semana salgo libre, doctor, y mire, yo no voy a volver a la calle a robar, esa es la verdad. Aquí uno no quiere volver, la firme. Doctorcita, escuche, escuche, un apoyo, pues, porque uno sale de aquí y no tiene ni pasaje, por la Sara”.

Yo, le entregue una moneda de cinco soles, y sospecho que entre quienes se animaron a darle algo, habrá logrado unos 25. Sin embargo, con una velocidad sorprendente, había notado -como era claro- que teníamos algún dinero “más”. Entonces, demandó billetes, y comenzó a desesperarse…


Era una pena Lurigancho. Si existe infierno, debe ser como Lurigancho.

Alguna vez, con más tiempo, contaremos toda la historia, por ahora, me sirve rematar con lo que nos dijo Pepe, terminada la excursión: “no habrán creido que iba a salir, cierto?, ese muchacho esta aquí por varias violaciones y no para ningún lado”.

Afligidos, contrariados y con el gesto propio de quienes relamen el escorbuto que les sale en las paredes internas de la boca, nos fuimos todos.

Ah, la moraleja, el muchacho del inicio, no debía estar en las calles, pero esta. Peina la zona, mira nervioso, perdido. Otea al serenazgo y al policía, y de cuando en vez, ellos también se desquitan, mirándolo de regreso. No sé qué habrá ocurrido, pero al verle, una vez más, unanimidad en el error: la respuesta penal y carcelaria, no sirve, tal cual viene, para nada.

Poner tras muros a quienes entendemos como nuestros agresores, sigue sin resolver nada.

Aquí, puedes hacerte FAN del Pabellón 5 de Lurigancho

Anuncios

Un comentario en “castigar, pulir, castigar, pulir

  1. Pingback: Bitacoras.com

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s