Los sinsabores del 2011

 

por Giancarlo Poma Linares (*)

 

No se trata de pronósticos aciagos. Que nadie diga que no le advertí.

Hay un escritor llamado Roberto Bolaño. O bueno, si se me exige frivolidad: había. Nació en Santiago de Chile, en 1953, y probablemente tenía una opinión muy sagaz y divertida sobre la nacionalidad del pisco. Digamos que una opinión borgeana. Fue poeta y también ejerció todos los oficios, lo que equivale a decir que entregó su juventud a la errabundancia y tuvo que arreglárselas para sobrevivir. En algún momento ganó el Premio Herralde. En otro, se comenzaron a traducir sus libros. Recibió la visita de la Madrina, la Soberana, la Pingüina, la Peluda, la Más Fea y la Más Señalada del Baile en la ciudad de Santa Teresa, hacia 2666. Más o menos para cuando podía vivir (y bastante cómodo) de lo que escribía.

 

Pero lo anterior es harto conocido. También lo de la insuficiencia hepática y el homenaje de Nicanor Parra que decía: “Le debemos un hígado a Bolaño”. Ya nadie lo confunde con Chespirito, como cuando una periodista chilena en lugar de anunciar el sensible fallecimiento de Bolaño, anunció la muerte del Chavo del Ocho, de seguro y sin querer queriendo. Hace ya tiempo que la Bolanomania se apoderó de Estados Unidos (un horizonte mucho mayor —aún— al que comprende el espacio físico de Norteamérica) y ahora hasta se discute la mitificación de su biografía. El último maldito, dicen. En lo personal, no creo que sea lo más conveniente u honesto acercar la figura de Bolaño a la de Kurt Cobain o Jim Morrison. Es mejor que los libros se defiendan solos.

Eso no quita lo feliz que me sentí cuando supe, por ejemplo, que Oprah había recomendado la lectura de 2666. Es decir, ¡Oprah! La señora que regalaba carros del año a cada persona en el público de su programa. Vaya. Cierto que, respecto a las novelas de Bolaño, pondero más la opinión de Rodrigo Fresán o Ignacio Echevarría, pero imaginen a qué grado de trascendencia debe de llegar la obra de un escritor para que se le reconozcan méritos incluso tan lejos de los círculos académicos.

De allí que no comprenda a quienes se lamentan de haber perdido al Bolaño “caleta”. Esos lectores mezquinos que abogan por la marginalidad del artista, como si el éxito comercial fuera un pecado. Como si con cada edición agotada se banalizara automáticamente todo lo escrito. De ser así no habría diferencia entre las novelas de Murakami y los bodrios sensibleros de Stephenie Meyer (la chica que escribe sobre vampiros emo). Y en los congresos literarios compartirían mesa ponencias sobre Paul Auster y Paulo Coelho (¿Los Pablos?).

Los resentidos de la Literatura, parapetados detrás de sus berrinches anti-sistema, reprocharán, además, la fama de Bolaño. Que yo sepa, la calidad narrativa de Alan Pauls (otro Pablo) no ha disminuido a raíz de que presente películas en I.Sat. En contraparte, de nada le sirve a Cielo Latini llenar auditorios si continúa redactando trivialidades de adolescente.

Un caso particular es el de Pola Oloixarac que con su primera novela, Las teorías salvajes, remeció la literatura latinoamericana. Joven, guapa y hasta con estilo para vestir (me resisto a escribir “fashion”, comprendan el pudor). Da gusto que sea tan brillante y que no le tenga miedo a las cámaras ni a los micrófonos para callar a sus detractores. Un éxito de ventas y, además, famosa. Una magnífica escritora también.

Y no sé por qué, pero me parece que llego tarde a una fiesta a la que ni siquiera fui invitado. Porque tenía que escribir sobre el 2011. El año en que me gradúo de bachiller y, con suerte, de licenciado. El año en el que tendría que terminar mi segunda novela. Pero esos son proyectos personales que se celebrarán en su momento. Desde hace un par de meses, para mí el 2011 es el año en el que vuelvo a tener noticias de un gran amigo. Se supone que para finales de enero tendría que estar en librerías la nueva novela de Roberto Bolaño. Los sinsabores del verdadero policía. Ojalá y sea memorable.

 /Lima, enero 2011/

  

Giancarlo Poma Linares (1985), ganador del XIII premio BCR de novela corta “Julio Ramón Ribeyro”, por su novela “Sonata para kamikazes“. Editor de cultura de la revista Puntos Suspensivos, estudiante de Literatura en la PUCP. Paladín subacuatico de la justicia que colabora a trancas y barrancas con este blog y también con su autor.

Ps.- por cierto, Ágreda, de La República,  el más temido de los críticios literarios del país, loconsideró entre lo mejor del 2010 (aquí).

Un comentario en “Los sinsabores del 2011

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s