Paiján 1

(ficción)

Oscura y polvorienta. Ruidosa y desordenada. Las cosas han cambiado desde 1994, última vez en que recuerdo haber estado aquí.

La vieja acequia que cortaba el ingreso a la ciudad a una cuadra de la Plaza de Armas ya no existe. Aquel viejo gimnasio al que acudimos pensando que en un mes sacaríamos los músculos negados por toda la vida, tampoco. La vieja casa de fotografía cargada de ilustraciones de los primeros transportistas, los primeros negociantes, los primeros curas, las primeras comuniones y los primeros matrimonios ha sido reemplazada por un centro de fotocopias, recargas, internet y gigantografías.

La calle en la que habita mi bisabuela de 104 años se llama Zarumilla y se mantiene idéntica a como la recuerdo: hecha de tierra, con veredas angostas y gatos y perros.

Hoy, en aquella casa, mi padre estudia, repasa, resalta, escribe escribe escribe con sus manos en un papel bond. Tiene 58. Para cuando cumpla 60 habrá realizado uno de sus sueños. Por ahora se aplica leyendo sobre derecho ambiental y me pregunta y pregunta cosas que no he olvidado porque tuve al mejor profesor de la materia.

Mi madre -que es quien llego a habitar esta vivienda- hace poco sustentó (con honores, como nos encanta decir) su tesis y es ya magíster. Ella, caminaba largas horas desde Mocán a Paiján para acudir a la escuela. Concluido el colegio, enrumbo a Lima a la Escuela de Enfermería. De entonces a ahora, es enfermera en el Hospital Loayza. De esos días, recuerda mucho el sol, a su papito (mi bisabuelo) y a su padre (el del abandono y de quien llevamos los apellidos). Recuerda también a los animales, a mis tíos abuelos que jóvenes entonces tomaban prestados sus ahorros para disfrutar un buen fin de semana. No olvida las veces en que le pegaron porque el tubo de la lámpara se le caía, ni las veces en que fue salvada de tal reprimenda por mi bisabuela de 104 años, veces en las que corría atravesando la vieja acequia, la vieja casa de fotografía, y las modernas imágenes -de aquel entonces- de los primeros transportistas, los primeros negociantes, los primeros curas, las primeras comuniones y los primeros matrimonios.

Oscura y polvorienta. Ruidosa y desordenada. Las cosas han cambiado desde 1994, última vez en que recuerdo haber estado aquí, en Paiján.

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